Fátima Díez- escritora- Bilbao

jueves, 20 de diciembre de 2018

"CONTRA EL OLVIDO" PRESENTACIÓN 14-12-18

Presentación del libro "Contra el olvido" 
Editorial Maluma 14-12-18




CÓMO NACIÓ "CONTRA EL OLVIDO"

Un día apareció entre mis papelotes una servilleta de las que coges en los bares para apuntar esa frase o idea que te ha venido a la cabeza.
Teniendo en cuenta la dificultad que implicaba escribir en tal textura y con un lápiz, decidí que tal vez  merecía la pena echarle un vistazo,  después de varios años guardada,  y ni corta ni perezosa adopté todas las formas posibles, para poder descifrar lo escrito. Una energía desconocida y renovada por cada personaje que iba creando me empujó desde ese momento a escribir esta novela.



"CONTRA EL OLVIDO"  es una historia de lucha, con una fusión policial y humana en busca de la verdad. La escalera hacia el éxito conlleva en muchos casos a tragedias personales. Los protagonistas tejerán alrededor de Silvia,  una telaraña para enturbiar la verdad. La  fuerza de la rabia y del dolor de esta mujer, unida al olvido de las tragedias que provoca la inmediatez de nuestro tiempo, destapará un complot donde la ambición no tiene límites.


CONTRA EL OLVIDO (Fragmento del primer capítulo)


       La verdad suele ser a menudo muy sencilla,
                            pero es difícil llegar hasta ella.
F.D.



Ese tipo no estaba borracho –dijo convencido Faustino Tomó la curva con demasiada precisión ¿Entiende? Entonces oí el grito y subí hasta aquí. Cuando le vi en el suelo, yo…
Con los brazos cruzados y el gesto serio, el sargento Macías miraba al declarante  mientras otro agente tomaba notas de cuanto decía. Faustino, de pelo largo y blanco agarrado en una coleta y su eterna visera gris, estaba con el rostro lívido y las manos en un incesante frotar. Era una de las pocas personas que podían decir algo sobre lo ocurrido aunque bien poco y embarullado. Carraspeaba en su lucha por mantenerse firme e intentaba contener las lágrimas que se le escapaban y no le dejaban hablar.
 El deseo de Faustino en esos momentos era encontrar al culpable para ahorcarlo allí mismo.
Tenía en la mano un juguete, un avión de color azul que había encontrado cerca del cuerpo del niño. Sabía que era de Rubén porque el día anterior  había entrado en el bar contándole cómo Carlos se lo había conseguido en una caseta de feria. Faustino miró el avión unos segundos y creyó advertir que le faltaba alguna pieza y como si ello fuera la clave de algún enigma, lo apretó más contra su mano.
—No señor, eran las seis de la mañana, para qué voy a mirar el reloj si llevo abriendo a la misma hora desde hace treinta años. Tampoco creo que la cabeza me diera para tanto en esos momentos. Como le digo, apenas levanté la persiana del bar cuando oí un golpe tremendo.
El sargento alzó la vista hacia el letrero del bar “Carrión” y siguió atento a las palabras del viejo. Faustino reconstruyó sus movimientos buscando algún detalle que se le hubiera pasado inadvertido. Se agachó para levantar la persiana de su bar y volvió la cabeza del mismo modo que cuando escuchó el estruendo. Después dio unos pasos hacia arriba y le señaló al sargento la calle por la que el supuesto coche homicida había bajado a toda velocidad
Ni siquiera vi la matricula, maldita sea, solo sé que el coche era negro. Ni un solo número puedo decirle. Aquí tengo el coche, pero de la matrícula, nada.  dijo al agente hundiéndose el índice en la sien.
— ¿Vive usted cerca? — Preguntó el sargento.
—Sí señor, en el piso que está encima del bar. Vivo con mi hijo Antonio que es abogado. El único que pudimos tener mi mujer y yo ¿sabe?  —Aclaró dando unos pasos hacia donde le llevaban sus palabras.
El sargento era un hombre aún joven, con los ojos de un verde claro que recordaban la transparencia de un caramelo, de facciones simétricas y sonrisa complaciente. Se ponía rápidamente en situación en cuanto llegaba al lugar de los hechos y su memoria grababa cada detalle para después ir desmenuzándolos y  volviéndolos a reunir como en un puzle. Era normal que al principio de cada caso  faltaran piezas y cuando lograba encajar alguna, regresaba al punto de partida donde aparecían nuevos argumentos. El sargento Macías, intuitivo por naturaleza,  no pudo reprimir un gesto de extrañeza que le hizo juntar las cejas y quedarse pensativo un rato. En pocas ocasiones su primera valoración difería de una realidad en la que su intuición ya había barajado casi todas las posibilidades por muy extrañas o  enmarañadas que estas fueran. Tantos años de servicio le habían enseñado a no despreciar el más mínimo detalle.
Tanto el sargento Macías como el agente Ricardo Varela vestían el uniforme reglamentario y estaban atentos a cuanto decía Faustino y a todo lo que sucedía  a su alrededor.
—Escriba: Calle Castañeda, número dos, a las 6 de la mañana del día 5 de abril de... etc, etc… Dijo dando un golpecito a la libreta de su compañero.
Ricardo Varela tenía unos cuarenta años y aspecto de dandi escocés, con el pelo rubio, las cejas claras y bien marcadas que le otorgaban simpatía a la mirada. Llevaba junto al sargento Macías más de una década y era tan concienzudo en su trabajo como con su aspecto. Los dos formaban un buen equipo  pues sus diferencias a la hora de percibir las puntadas de cada caso les llevaban a obtener buenos resultados. Su condición de segundo de a bordo nunca había impedido que su trabajo se viera mermado por su ambición personal.
Los dos policías habían comprobado que en efecto la persiana del bar estaba a medio abrir. El dueño seguía apuntando hacia ella al hablar a borbotones, queriendo poner orden en sus nervios y en los hechos.
—Cuando la estaba levantando me pareció oír un coche bajando a gran velocidad por la calle Castañeda. No le di importancia porque hay muchos gilipollas sueltos con dos copas de más apostando por dominar la curva de la pendiente. A veces ocurre, sobre todo en las madrugadas de los domingos, montan carreras y se la pegan, sí señor, pero esquivan a la policía esos desgraciados. Por eso cuando oí el golpe pensé que alguno se había chocado contra algo  ¡Dios mío, cómo iba a imaginar esto!
El sargento Macías se colocó en el centro de la pendiente de la calle Ugarte, frente al bar “Carrión” por donde había huido el coche, se agachó, miró a un lado y a otro y ordenó:
—Que acordonen también esta calle hasta la tienda de muebles y que empiecen de  inmediato a preguntar a los vecinos cuyas ventanas dan a estas dos calles. Es posible que algún madrugador o tal vez un insomne haya podido escuchar o ver algo.
Después volvió a recuperar su posición frente a Faustino y le preguntó con voz templada.
—Rubén Artola Gracia… ¿Era pariente suyo?
Faustino Carrión se mantuvo en mitad de la acera, había bajado los brazos y parecía un muñeco sin batería. Macías se acercó más a él sin poder maquillar la inquietud que le provocaba tener que sacarle información al que suponía un afectado directo de la tragedia, resopló para sí mismo y le puso una mano sobre el hombro.
—Por el momento he terminado Sr. Faustino. Dele sus datos y su teléfono a mi compañero. Le llamaremos para declarar en comisaría.
Ricardo Varela apuntó los datos personales del hombre que al terminar siguió varado en el mismo sitio. El  policía se preguntó qué relación tendría con el difunto. Sin pretenderlo, recordó muchas caras que ante una tragedia su profesión le obligaba a vivir a diario. Como una ráfaga también le llegaron las imágenes de algunos rostros impostados y de algunas lágrimas de cocodrilo. Por eso, y para poder ser objetivo, intentaba ser metódico y no implicarse más allá de lo estrictamente profesional.
El día iba abriendo la ventana y dejaba ver cualquier detalle que hubiera en la calle. También los ruidos aumentaron con la cadencia de una mañana festiva, y  apenas media docena de personas ajenas al hecho se encontraban observando desde lejos.
Los efectivos de atestados se encontraban en el lugar del atropello recogiendo muestras cuando Ricardo Varela  desanduvo los escasos cinco metros que le separaban de la esquina que formaban las dos calles implicadas y se quedó unos segundos observando. Intentó visualizar un coche negro bajando a gran velocidad por la larga pendiente de la calle Castañeda. Imaginó cómo al final de la calle el coche había golpeado a un niño y el lateral de otro vehículo, perdiendo en el impacto el faro izquierdo, y sin detenerse, girar por la calle Ugarte y desaparecer. Aún no debía hacer conjeturas pero sopesó a qué velocidad y en qué condiciones iría el conductor antes y después del impacto. Acabó su análisis de la situación pensando que sin ninguna duda ya lo habría calibrado el sargento Macías y podrían cotejar opiniones más tarde.
Faustino siguió en medio de la calle mucho tiempo, ajeno a la agitación de su alrededor, metido en su recuerdo del día anterior cuando se despidió de Silvia y Rubén se le tiró a los brazos asegurándole que volvería pronto de su viaje hacia el mar. Recordó el avión que le había enseñado, abrió la mano y por fin se atrevió a mirar de nuevo el sitio exacto que había ocupado el cuerpo del niño antes de llevárselo la ambulancia; apenas dos metros de cemento que conservaban las huellas de lo sucedido. La desgracia no perdonaba ni a jóvenes ni a viejos, pensó, llegó  sin avisar  y en unos segundos había roto sus vidas como la lluvia la quietud de un charco.
Durante unos minutos la luz de las farolas se confundió con la del amanecer y fue entonces cuando la gente congregada y los policías se empezaron a dispersar. Desde un balcón, alguien sacudió una alfombra: dos, tres, cuatro golpes secos sobre la fachada, y de nuevo silencio.


 Mil gracias a un público tan entregado que me apoyó en un día tan  especial.

 Gracias al actor Jorge Santos que leyó magníficamente fragmentos de mi obra, "Contra el olvido"
  Gracias Marga Palacios, de editorial Maluma, por su gran apoyo y cordialidad.
 Gracias a mi simpático presentador, el escritor Adrián Martín Ceregido.

 Emotivo detalle de mis amigas. No sé dónde está el alma pero me llegó más allá.
 Una mención especial a mi tía Ana que lo es todo para mí. 


martes, 19 de junio de 2018

RESEÑAS

RESEÑAS


EL PESO DE LA IRA, Adrián Martín Ceregido





Título: El peso de la ira

Autor: Adrián Martín Ceregido

Editorial: Mundopalabras

Año de publicación: Mayo 2018


Nº de páginas: 422











Sinopsis: Un sicario es contratado para vigilar a Endika, un niño de diez años al que tal vez tenga que matar. Un suceso ocurrido hace años, se ha enquistado en la vida de Néstor y  el regreso de Raquel, la madre de Endika, después de una temporada en Londres, y una fatal coincidencia, despertará la ira deNéstor, provocando una cadena imparable de tragedias, donde nadie puede estar seguro de la tormenta que este hecho ha desatado.





      La opción de hallar obras de autores que no estén en primer plano literario, ofrece como recompensa descubrir novelas como “El peso de la ira”. Martín Ceregido nos lleva, desde el principio de este thriller  policial con sombras de género negro, a buscar la verdad que se esconde tras unos asesinatos, entre las claves que va desgranando con habilidad. El lector no podrá lograrlo hasta bien entrada la historia,  pues mediante giros totalmente inesperados, nos pondrá constantemente en alerta hasta un final tan logrado como imprevisto.
       Cómo conseguir que la fuerza de sus personajes secundarios se mantenga, o sea aún mayor, sin perder un ápice de entusiasmo en su lectura, es algo que nos tendrá que explicar el autor porque  estos personajes, con sus aciertos y miserias, son tan importantes como los principales, haciendo dudar en algunos momentos quién de ellos lleva la batuta.
“El arte de razonar se reduce a un lenguaje bien hecho” en palabras de Condillac. 
Adrián Martín Ceregido sabe cómo utilizar el lenguaje, siendo tan claro y eficaz, que el lector se sumergirá en “El peso de la ira” con facilidad y temerá el momento de acabar su lectura. 
       La novela juega con la sorpresa y el autor  no da puntada sin hilo. Martín Ceregido ha conseguido que las subtramas no desvíen la atención del argumento principal y la documentación añadida, aporta con acierto, verosimilitud al engranaje de la novela.

        Lector, no pierdas detalle, la clave está ahí.


www.martinceregido.es












































jueves, 31 de mayo de 2018

EL RECLAMO DEL VIENTO


 corto avance de la novela "EL RECLAMO DEL VIENTO" en el que estoy trabajando intensamente este año.
sinopsis: Palmira es una maestra jubilada que regresa al pueblo cántabro donde dio sus primeras clases con el propósito de quedarse a vivir en la tranquilidad del campo. Pronto su sueño se verá perturbado por acontecimientos inesperados.
 
— ¿A cuántos entierros más asistirás antes de enterrar a tu hijo, maestra?

La voz viene de atrás pero muy pegada a su nuca. Apenas intenta discernir lo que acaba de oír se vuelve pero no ve a nadie. Habrá tardado en reaccionar dos segundos o cuatro a lo sumo. Ninguna de las personas que se hallan cerca o lejos hablando en corrillos la miran.  Solo se oyen murmullos aquí y allá y grupos como manchas opacas que arrastran los pies sobre la hierba. No puede imaginar quién ha podido ser pero una voz de hombre rasposa de alcohol la ha amenazado, de eso está segura. Podría pensar que han sido imaginaciones suyas, tal vez prendidas por el momento, pero aún siente la fetidez de ese aliento en su nuca.
 


          De vuelta a casa mira constantemente a su espalda. Sus pensamientos corren sin saber hacia dónde y aunque lo intenta no logra encontrar el sentido.
Siente el cuerpo como si una multitud enloquecida de hormigas le recorriera. No quiere pensar demasiado en ello, para no caer en el error de hacer la bola más grande pero el miedo se ha instalado en su mente como un furtivo armado.


viernes, 10 de noviembre de 2017



      


Resultado de imagen de descargar foto mosquitoIronías del destino



    El hombre caminaba por la gran vía de la ciudad cabizbajo, ausente del bullicio a su alrededor. Sus pasos se detuvieron por fin en el puente del Arenal.
-¡Ay¡ gritó. Y se miró la mano sorprendido, ¡vaya ocasión para que me pique un bicho!.
 -Sin insultar. -Destacó una voz acerada cerca de su oído.
    El hombre creyó reconocer en aquel extraño sonido otro síntoma de su locura, mas no pudiendo resistir la tentación de averiguar su procedencia, se bajó del travesaño del puente donde se había subido guiado por el desamor y miró a los lados.
-Estoy aquí. -De nuevo sonó esa especie de zumbido.
-¿Quién demonios eres?  -Preguntó al aire con voz temblorosa -Sin duda estoy soñando.
-Sin duda ya estarías muerto si no te hubiese picado. -Replicó el insecto intentando abrir más los estigmas de su tórax. Y se posó sobre aquella mano indecisa apoyada en el barandal.
     El hombre pensó que se trataba de una broma de la ría del Nervión.
-Ayer tuve un altercado con un cangrejo...-dijo el mosquito. Estaba soltando los huevos cuando....
-Vale, vale, me das dolor de cabeza. -dijo el hombre agitando la mano con cansancio.
-Qué más te da, si no llego a picarte ahora serias un ahogado.
-Pero ¿a ti qué te importa bicho?
 -Eh! Ojo cómo me hablas. Soy una hembra muy sensible.- inquirió la mosquita. Los humanos os creéis los dueños del mundo, los poseedores del conocimiento y de toda esa basura que consideráis ciencia.  No he visto una especie más estúpida, lo tenéis todo al alcance de la mano y lo dejáis escapar, o lo que es peor, lo estudiáis y lo transformáis para acabar destruyéndolo. Menudo atajo de...
-Lo que me faltaba -Suspiró el hombre- un sofista volador.
    El insecto sacudió las alas y salió volando hasta posarse en un arbusto del parque. Con
su trompa picó una hoja y absorbió sus jugos. Su abdomen parecía satisfecho con tan escasa libación
-Dime mosquita ¿por qué me ayudas?  Si quisiera podría acabar contigo de un manotazo.
Cuánta violencia! ¿Así me lo agradeces?  Recuerda que me has alimentado. Cuando bebí tu sangre me sentí ligada a ti.  ¡Ya ves! Tengo la mala costumbre de averiguar cómo vivieron mis víctimas.
-Tus víctimas ¿has dicho?
    La mosquita estaba fascinada por las gotas de sudor que recorrían el rostro del humano. El hombre, que apenas lograba ver nada y creía ahogarse con su propia saliva, intentó cruzar la carretera. El insecto se puso a revolotear en círculos. De pronto se acercó un coche a gran velocidad y el mosquito quedó estampado en el parabrisas.
    El conductor frenó el vehículo, vio al hombre en mitad de la carretera con aspecto febril y la vista fija en el parabrisas. El hombre sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón, recogió los restos del cristal y los observó atentamente. El conductor del coche miró aquel pañuelo manchado y exclamó:
-¡Caramba amigo!  fíjese qué extraño, una “Anopheles” hembra en este clima. Menos mal
 que la he matado antes de que ocurra una desgracia. Su picadura es mortal, yo tuve la suerte de estudiarlas en el istmo de Panamá...pero oiga, oiga ¿le sucede algo?
Con el paso vacilante de quien padece una colosal gripe, el hombre dejó al entomólogo con su perorata y se fue lentamente. Tan solo volvió la cabeza para ver como el puente se hacía más y más pequeño...

domingo, 28 de mayo de 2017

"LA OBSERVADORA"

Relato"La observadora"  incluido en la antología

 de mujeres malas"Casa de fieras"

   por M.A.R. Editor


LA OBSERVADORA


Los ojos tatuados en un prolongado espejismo y los labios entreabiertos en un conocido rictus, me advierten que los hilos que nos unen no son tan complejos. Sandra recoge las colillas que he dejado en el salón. Adivino la furia de su percepción olfativa mientras estrella –mentalmente- el cenicero contra la cristalera. El silencio retrospectivo, más hiriente que las palabras, se mantiene tras los gestos cotidianos
No sé en qué fase se encuentran sus reflexiones, si Recuerda o Reprocha cuanto contamina nuestro vínculo, en cualquier caso todo lo transforma en una gran R que intenta Redimirme antes de dar el portazo. Nuestra relación está ahora en el grado de frustración que más me complace. Como un perrito viene una y otra vez a mí para que le de la galletita que nunca alcanza.
Soy lo que se dice una observadora metódica y sin escrúpulos; me basta un solo tic para adivinar el siguiente paso de mi víctima. Conocí a Sandra en la escuela de danza y creo que acerté al elegirla para mis propósitos. Ella es un peón en mi tablero de ajedrez y ha ido reaccionando ante mis deseos tal y como lo tenía estudiado. Sus pobres jugadas no ponen en peligro mi poder en el tablero. Esta mujer es lo suficientemente frágil para manejarla a mi antojo.
Sandra limpia la mesa con la patética naturalidad del herido en su amor propio. Sus ojos están furiosos ante la mancha de vino en el mármol. A través de su mano –larga, suave, de una feminidad aristocrática- libera la energía negativa que la consume y apenas me mira. Lucha por conservar la serenidad. Teme que un gesto suyo me haga abandonar esta guerra no declarada. Quiere acusarme, pero al mismo tiempo sus labios se recogen en un puchero infantil.
Hoy se ha vuelto a calzar las sandalias cochambrosas que tanto detesto. No como venganza, sino como un signo alarmante de rebeldía. La encuentro Ridícula y aunque sé que sufre prefiero callar y dejar que el tiempo pase y la tensión se relaje por si sola.
Ahora coloca sobre la mesa limpia el cenicero limpio y la amargura almacenada. Su figura corta la tenue luz que entra por la ventana en una baile de sombras que desaparecen tras titilar por nuestro salón.
Sandra guarda y ordena febrilmente todo cuanto está a su alcance como terapia provisional; posee los movimientos de un felino y adivino a través de su fragancia el sonido de sus pasos apenas perceptibles.
Todo me otorga doble poder sobre ella. Como espectadora que ha de participar en la función, es mi exasperante silencio lo que le provoca esta angustia. Sigo observando su evolución y espero incondicional el desenlace.
Ahora recuerdo el principio de nuestra relación, cuando las noches eran solo sexo bajo el desorden de sus ávidas caricias, sus promesas, sus ilusiones… ¡Era tan ingenua!  Sandra dejó que malograra su inocencia burlándome de sus más íntimos pudores. Y me hizo sentir maestra de maestras y fui falsa, porque era más fuerte el deseo de observar mi creación, que la compensación de su abandono sin condiciones.
 ¡Qué absurda puede llegar a ser la amante, que no la amada!
Sandra desaparece durante un rato en el que aprovecho para estirar el cuerpo y emitir un suspiro. Sigo teniendo el control. Como la perdiz de Jenofonte siguiendo su instinto cojo las llaves y  me dispongo a salir un rato. Cualquier pretexto es bueno con tal de ocultar mi satisfacción.
Apenas he tomado la decisión de irme, me llama con una urgencia enervante. No quiero ceder. Tendría que fingir que acabo rendida en sus brazos y sé que haríamos el amor: ella con el arrebato de los primeros días pero aprovechando para criticar mi actitud pasiva y mis dotes para desentenderme de todo. Y yo la odiaría una vez más.
Sigo con la mano en la puerta, dispuesta a abrirla para escapar de sus súplicas cuando Sandra, “in púribus”,  se aferra a mi cintura desde atrás y me susurra algo al oído. Siento en el calor de su aliento cómo se desprende de su orgullo tan fácilmente como de la ropa (incluso a su nombre renunciaría si se lo pidiera).  No es mi culpa que sea tan débil.
Me limito a dar un  paso hacia el umbral. Su cuerpo me inmoviliza y hasta parece recrearse en mi obstinada oposición. Ella también cree conocerme más allá de lo razonable.
Aunque logra darme  jaque al rey, Sandra ignora que sus armas son inútiles en esta batalla. Percibo la inseguridad en sus caricias y el temblor de su boca. Para no caer en la trampa  doy otro paso en el tablero echando abajo su torre con un guiño de cansancio ante la anunciada retahíla de quejas.
Sandra descarga en dos palabras su adhesión en una entrega lamentable, te quiero”, grita. Mal paso.
-Déjame salir- Le digo con desdén.
Por supuesto intento imprimir a mi entonación la más cruda de las sentencias sabiendo que ella seguirá Rebajándose. Me desentiendo, cómo no, de cuanto se fraguó entre miradas y promesas en sus días de euforia. Olvido que Sandra respondió desde un principio a mis arbitrarios deseos, doblegándose con la ternura de un cachorro hacia quien, en suma, le complacía tan solo observar las transformaciones de su acólito amante.
De nuevo adivino sus reiterados movimientos. Se vaciará por dentro la lacaya desesperada que dormita en su interior, probando, ya como último recurso, la amenaza del suicidio. ¡Si supiera lo poco que me importa! Así cree que logrará arrastrar mi conciencia al abismo de la culpabilidad  –“Porque tú- dirá, eres la causa de mis trastorno; recalcará —me has moldeado y ahora me miras como si no me conocieras, o tal vez cansada —maldita seas— de que mis reacciones no sean para ti más que una vieja película, te permites menospreciarme
Siempre la misma historia desde que nos conocemos. Me aburre. No obstante este es mi juego y yo decidiré cuando lo termino.
        Pero Sandra, ante el hastío que me han provocado estos pensamientos, no parece evolucionar como imagino. Me vuelvo hacia ella. Sus ojos han adquirido un brillo singular, sus labios sonríen impertinentes, más carnosos y apetecibles tras lo que parece un arranque inesperado de inmunidad sentimental.
Sus talones giran en una rápida pirouette y se dirige rápido hacia la ventana. Cierro la puerta y decido seguirla. Me doy cuenta de que la he presionado demasiado. Tenía que haber retrocedido un poco y mostrarme tan desarmada como se ha sentido ella tantas veces.
  Pero ya no parece considerar mi inquietud alcanzada ya la catarsis, porque una Sandra muy digna, dueña de su tiempo y de su desnudez,  abre la ventana con determinación, aspira el aire de varios kilómetros a la redonda,  y en vez de soltarme todo un rosario de obviedades me mira indiferente y con una crudeza difícil de asimilar. Durante un par de segundos no soy capaz de ver nada. Un rayo de sol, sin el cuerpo de Sandra haciendo de parapeto, sin fronteras,  me viene directo al iris y me encuentro cegada buscando a Sandra, mi Sandra.
Jaque mate al rey.
Ella, que fue siempre tan Respetuosa con mis sentimientos. 
                                                                                 Fátima Díez

jueves, 18 de mayo de 2017

Presentación del libro "La exclusiva del asesino" del escritor Salvador Robles Miras




Tercer libro de la trilogía "La exclusiva del asesino"
"Troya en las urnas"
y "El delantero centro se niega a jugar"

Intervención emotiva del gran escritor Salvador Robles

Intervención de Fátima Díez elogiando las virtudes de libro y del autor.

Jose Manuel Aparicio en un alegato interesante sobre el libro  y su autor.

Estupendo momento que nos regaló la actriz Marta Urcelay


Sorpresa en el plató con estos grandes actores,
Cristina Benavet y Jon Ander Langara.

Refrescante actuación de la cantante y compositora Liben Suarrt.

Encuentro de dos amigos del autor y a la vez personajes en la ficción
 del "El delantero centro se niega a jugar"